Rafting - Rí­o Manso a la Frontera
  Rí­o Manso - S.C de Bariloche  
 
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Tres días, 55 kilómetros, aguas agitadas casi hasta la frontera con Chile: hacer rafting en el Manso rionegrino es una experiencia intensa de la que, como mínimo, nadie sale seco.

Uvasal, Banda de billar y Diente de hipopótamo. Montaña rusa, Roca magnética y Cajón de terciopelo. Internacional, Agujero de ozono, Extasis y Colmillo. Los nombres de los saltos lo dicen todo. Definen la adrenalina. O el rafting más puro.

En realidad, los rafters experimentados no necesitan de presentaciones si se les nombra el Manso. Saben que es indómito, arrollador, siempre cambiante, con aguas que bajan bravías, salvajemente ensordecedoras.
Con aventuras como la que propone Alejandro Rosales -36 años, instructor de Prefectura y Parques Nacionales, casado, un hijo, el guía más experto de la zona y referente indiscutible de la actividad-: escrutar metro a metro el Manso Inferior, desde las entrañas mismas del lago Steffen hasta el límite con Chile. Tres días con un recorrido total de 55 kilómetros de emoción salvaje, paradójicamente con pocos remansos y muchos recuerdos para grabar.

Antes de la primera palada.

Armar un viaje así requiere de una estudiada logística y preparativos serios. Los infladores empiezan a dar vida a las balsas en las costa del lago Steffen. Chalecos, trajes de neoprene y remos se distribuyen antes de la primera charla.

Todavía no se tocó el agua pero hay una sensación de "cosa grande" por venir. Se huele en el aire, flota. Dicen que es parecido a la excitación en su estado más puro.

La charla técnica sirve para homogeneizar el discurso de la tripulación y captar al vuelo las consignas durante la flotada: "derecha adelante", "izquierda atrás", "high side" o todos para atrás. Los remos marchan sincronizados, el head guide -situado siempre último- actúa como timón y ordena. Las balsas van en busca de una frontera sin carabineros.

Tras el rastro de los rápidos.

Los primeros metros sirven para afiatar a la tripulación. La voz de Alejandro corta el desfiladero -"izquierda atrás, derecha adelante"- y la balsa dibuja el trayecto que escoge el guía. Pasan un par de saltos menores para tomar confianza y afirmarse en los flancos.

Las frutas y dulces que llegan con el mediodía son frugales: a la tarde se batirían entre saltos y cascadas. La concentración apenas permite algunos respiros, pequeñas pausas donde las balsas se dejan abandonar a la correntada.

El primer día se arriba al campamento uno a la tarde, al pie del cerro Santa Elena, en una delicada playita, después de navegar en total 20 kilómetros. A la derecha del curso, siempre el Parque Nacional Nahuel Huapi.

Con el campamento casi armado, el "Sr. Manso" cuenta: "El Pacífico está a 100 kilómetros de la cordillera, pero el Atlántico se encuentra a casi 1.000 kilómetros; del lado Oeste, los ríos bajan picantes, producto de los grandes desniveles. Es ahí que se produce el fenómeno de captura de vertientes: con el paso del agua durante mucho tiempo, la erosión genera que el río "trepe" la montaña, yendo hacia atrás. Para muchos ríos fue más fácil buscar la salida 'pacífica'.

El Manso desciende, en el recorrido que navegamos, unos 100 metros de desnivel". La primera noche cae suave, el cuerpo acusa las horas de paladas y la montaña deja escapar esos ruidos tan indescifrables como característicos.

Al día siguiente toca la etapa 2, mucho más tranquila, pero que llevará también toda la jornada. Se arranca de a poco. El desayuno sirve para trazar el plan: menos saltos y más flotadas parecen ser las consignas. Con las ropas todavía húmedas, asistimos a la pulseada de Febo con las sombras más largas.

Más adelante, el caudal del Manso -que en verano ronda los 16 grados de temperatura-, cerca de la frontera y después de juntar afluentes de todas las cuencas, más las aguas de los ríos Villegas y Foyel, se acerca -como mínimo- a los 150 metros cúbicos por segundo, con una velocidad que ronda los 11 kilómetros por hora.

Las balsas se deslizan movidas por la corriente, como rozando la película de agua. Esta vez, el almuerzo se premedita con un poco más de tiempo: al haber menos zaranda, se "habla" más dentro de los gomones.

Final con vuelco.

La troupe de 12 personas arriba al campamento 2 después de un día tranquilo, 20 kilómetros casi sin dar paladas. Se decide armar las carpas y establecer el "parking" poco antes de un puente colgante, en playa Nimva, al pie del cerro Bastión. Las carnes asadas parecen ser la mejor opción para mitigar el cansancio.

La última jornada comienza un poco más relajada, pero Rosales enseguida nos pone al tanto: "Encaramos la parte más difícil del río, pasos de grado III y IV; en esta época hay mucha agua y las posibilidades de vuelco de la embarcación se incrementan".

En este tramo, es fundamental el apoyo del kayak y los guías que acompañan (Diego Efrón y Martín Nye), para marcar los pasos y estudiar el caudal, descubrir los undercut o socavones y los rebufos, y sortear las trampas que tragan las balsas.

El río comienza a ganar ímpetu, muestra su carácter, y, en forma inconsciente, las tripulaciones se reacomodan como esperando el ajetreo mayor. Al encarar los saltos, todos los tripulantes reman en forma pareja y con decisión: en muchos lugares, si no se sale a fuerza de remo, la balsa queda chupada haciendo surf pero sin avanzar y sin respetar mucho las leyes gravitatorias.

En "Agujero de ozono", la primera balsa se pone un poco de lado; un oportuno high side impide la "nadada" segura. Continúa desacomodada, todavía con todos arriba…, pero no hay nadie que no esté empapado. Los gritos de alegría hablan de una primera batalla ganada.

Más adelante, el kayak desaparece por un desnivel marcado: se adivinan nuevos toboganes blancos. Para tener en cuenta: un salto de dos metros genera una velocidad de paso de 35 kilómetros por hora. Rosales, ahora desde el kayak y señalando, indica: "O apuntás la balsa directamente a la maroma o hacé un "chicken run"(corrida de gallina), que busca por las laderas del sifón un paso más seguro y tranquilo". El cliente elige. Y Aventura elige la peor. El resultado: de las dos balsas, pasa una.

La segunda se pliega como un papiro y despide a toda la tripulación. Gritos, sorpresa y susto. Las maniobras de rescate son rápidas y coordinadas: vuela el cabo de seguridad, la balsa vuelve a su posición original y un centenar de metros más allá todos están arriba de nuevo.

 
Extremo Sur propone un viaje como este (tres dí­as con comidas, guí­as, indumentaria y traslados incluidos) a razón de $780 por pasajero, sobre un grupo de seis personas.
Una navegada por el Manso Inferior (desde el Steffen hasta nuestro primer campamento), que dura un día y en las mismas condiciones anteriores, cuesta a razón de $110 por persona. Para el Manso de la Frontera, un poco más picante (también excursión de un dí­a de duración), el valor es de $150.-
 

Queda claro para todos que para encarar una travesía como ésta es fundamental tener experiencia anterior en rafting, saber nadar y tener una aceptable condición física.
Sin mucho tiempo para recomponerse llegan "Tobogancito" y "Garganta profunda". Saltos, gritos y paladas que buscan afirmarse en el agua. El Manso no da respiro. Seguimos. El torrente blanco y burbujeante sacude por babor y estribor, el piso se quiere plegar, sólo la fuerza de las tripulaciones impide otro "hombre al agua". Cada pequeño remanso sirve para juntar las palas en el medio del bote y pegar gritos de júbilo. El desafío está en su apogeo.

Cuando nombran "Extasis" pensamos cualquier cosa menos en la paliza -casi- final. Las laderas pasan cada vez más cerca, se sube, se baja, se cae en un torbellino blanco… y a veces se sale. No hay nadie que quede seco. Ni indemne. La llegada a Chile tiene mucho de victoria. Se pudo pasar el Manso Inferior de punta a punta.

La tarde se traga la llegada de la caravana náutica en el límite mismo con el país trasandino. El trekking, que se corona con la comida final, resulta francamente reparador. La cordillera se abre entera de pies y cabeza. El Manso sigue allá por Chile, con otros saltos y otros destinos. Pero ésa es otra historia.

Nota gentileza de la Revista Aventura.

 
Rafting - Rí­o Manso a la Frontera
 
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Textos: Claudio Capace l Fotos: Henry Von Wartenberg / Extremo Sur
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